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” La Alubia de Tolosa tiene dos inmensas virtudes: ser la que mejor caldo hace de cuantas se producen en España y distinguirse por su singularidad y sabrosura “

Es uno de los alimentos más antiguos conocido del hombre y ha formado parte importante de la dieta humana desde tiempos remotos. Desde luego los vascos comen alubias desde hace montones de años. ¿Cómo sino serían capaces de levantar piedras? En ellas está La Fuerza que ayuda a sobrevivir al invierno.

La gran tradición del cultivo y la elaboración de las alubias en el País Vasco, hace que puedas encontrar una gran lista de recetas tradicionales para elaborarlas. Las alubias negras se caracterizan por contar con una apariencia ovalada y un característico color negro brillante. Estas legumbres aportan importantes beneficios y propiedades nutricionales: son especialmente ricas en fibra, ideales para prevenir el estreñimiento y ayudar a rebajar los niveles de colesterol alto y son ricas también en unos compuestos antioxidantes capaces de prevenir coágulos y el cáncer.

Digamos que con ½ Kg de alubias (babarrunak), 1 diente de ajo, aceite de oliva y 1 pimiento choricero tenemos un plato exquisito para combatir las bajas temperaturas. No olvidar lavarlas en agua fría y dejarlas en remojo el día antes.

Este plato se suele acompañar de “los sacramentos” que consiste en algún embutido cocinado; morcilla de cebolla y chorizo cocido. También suelen acompañar unas guindillas vascas (guindillas de Ibarra) y alguna verdura como berza cocida.

La alubia de Tolosa o Tolosako Babarruna es sin duda un manjar incomparable.

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El rojo es la ópera y el terciopelo
El rojo es lo prohibido que tienta
El rojo son los labios impertérritos de Olatz
El rojo es la fuerza que con blanco se suaviza en rosa
El rojo es un cuadro de Zuloaga
El rojo es la mantelería y la vajilla del norte
El rojo son los pimientos de espelette
El rojo es el barco que sale a pescar
El rojo son todos los que se atreven
El rojo es la falda de la poxpoliña
El rojo es la manzana brillante
El rojo es la literatura de Azorín y la de Baroja
El rojo es el aquí estoy yo
El rojo es el pañuelo en el cuello y el deseo en el pecho
El rojo es la Fundación Oteiza desde dentro
El rojo es también minimil.

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El burro es un animal que simboliza la esencia y las raíces del campo sin artificios.
Auténtico y genuino.


En euskera “asto”, el asno es un ente sagrado. Se cree que este animal es un ser bendito porque su espalda es en figura de cruz y porque fue portador de Jesús y de la Virgen. En el País Vasco el asno de las Encartaciones es una raza autóctona en peligro de extinción que se corresponde con la comarca más occidental de donde recibe su nombre, Encartaciones, de la provincia de Vizcaya.
Se sabe que a principios de 2005 sólo quedaban unos 100 ejemplares y que es la raza española de menor tamaño, pues no supera los 120 cm. Son proporcionados y su capa es de color castaño y negro con orejas menudas y cascos pequeños.

Para la colección otoño/invierno 20017 minimil ha querido rendirle un pequeño homenaje como imagen de campaña ya que forma parte de la autenticidad del paisaje y la historia vasca, de su esencia.

Hasta hace pocos lustros era habitual su uso como ayuda en las labores agrícolas en los caseríos de la cornisa cantábrica. La total mecanización de la mayoría de estas tareas ha abocado a su práctica extinción. Hoy se destinan para ayudar en pequeñas funciones agrícolas como transportar hierba y leña a los caseríos. Han tenido un papel fundamental en el pastoreo vasco y en las transterminancias de los cambios de rebaños de los pastos de verano a invierno y viceversa. Los asnos servían de “vehículo” al zagal del pastor para bajar la leche de las ovejas Latxas ordeñadas en los pastos de verano del Amboto hasta los caseríos junto con los perros de la raza Euskal Artzain.

 

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Podría ser “El caminante sobre el mar de nubes” (Der Wanderer über dem Nebelmeer) de Caspar David Friedrich. Una figura contemplativa que reflexiona sobre la fuerza de la naturaleza y la inmensidad. Nieblas matinales y picos se asoman en un paisaje misterioso propio del romanticismo y que bien podría ser el de la Sierra de Aitzgorri.

Una respuesta emocional, casi metafísica, al mundo natural que lo envuelve y lo hace sentir pequeño. El negro de su levita es el negro de la elegancia, de la individualidad y de la existencia. Los colores más claros del fondo ayudan a comprender la perspectiva tanto visual como de pensamiento.

Un cuadro del 1817-1818 que podría haberse pintado hoy, la sensación que produce sigue inalterable en el tiempo: la soledad y el silencio te atrapan.

 

 

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(La txapela, una prenda redonda)
Cuando los labradores del siglo XV decidieron emplear la gorra de lana de una sola pieza, sin visera pero redonda que les permitía cubrirse del sol echada hacia delante, o de costado o hacia atrás para la lluvia, poco se podían imaginar que estarían marcando tendencia hasta día de hoy, como unos de los componentes de la vestimenta tradicional vasca, tan distinta a la de los gondoleros venecianos y los marselleses o parisinos, y que causaría furor internacionalmente.

Para minimil es una prenda icónica de la marca que utiliza a lo largo de toda su trayectoria como elemento indispensable de su adn, el New Basque Style. La txapela ha sido reversionada por la marca no solo en todas sus colecciones sino también para ocasiones especiales como algunos desfiles en los que se le ha añadido tul. No es casualidad que la txapela, gráficamente simbolizada como una gran mota negra, la utilice minimil para muchos de sus diseños e ilustraciones.


Pocas veces una vestimenta tan sencilla ha marcado tanto la fisonomía de un pueblo y ha condicionado comportamientos sociales y mediáticos. Unamuno la definía como una prenda “niveladora” puesto que al ser más cómoda y barata que otros tocados llegó a provocar que los demás se relegaran al olvido

Antiguamente se hacían de lana, a mano y de una sola pieza como las medias, después se fabricaron con telares circulares para género de punto y más tarde mecánicamente, con telares rectilíneos pero en varias piezas que con máquinas especiales se cosen formando una única. La txapela siempre ha tenido en su centro un rabito o txertena y una de las mayores ofensas que podía hacerse a un vasco era cortarla de su boina y dejarla “capona”, llegó incluso a ser motivo de duelo a muerte.

En las últimas décadas se ha instituido como trofeo a los campeones (Txapeldunes) de cualquier competición del País Vasco. Es también un símbolo de bienvenida para los visitantes ilustres y asociaciones de amigos y peñas que las utilizan bordadas como elemento de identidad de grupo. Hubo pelotaris que jugaban con la txapela puesta como Mariano Juristi (Atano III) y hoy el frontón más conocido de San Sebastián lleva su nombre.

Toda moda precisa ciertas habilidades y según la maña del usuario se puede inclinar la txapela hacia atrás, hacia delante, izquierda, derecha o más calada. Dicen que los más resueltos se la colocan con una mano de un golpe. Esta temporada Minimil ha lanzado un modelo único y exclusivo que lleva su nombre, y con la particularidad de que es más pequeña y con el vuelo más corto. Se coloca más calada en la cabeza (no ladeada y sin vuelo).

Hoy, muchos fashionistas han recuperado la moda de la boina para conseguir un look afrancesado, elegante y chic. Por algo quedó asociada a lo largo del siglo xx a la bohemia artística parisina y más tarde a la estética existencialista. También fue protagonista en la iconografía del  Ché Guevara, como “icono de la postmodernidad”. Ha tenido relevancia en la literatura de la mano de poetas como Gabriel Celaya o escritores como Pío Baroja que son reconocidos en sus fotos por sus inseparables txapelas. Y también en uno de los grandes artistas vascos, Jorge Oteiza.

“Así la estampa del vasco, con la cabeza cubierta por una txapela, usándola desde la niñez hasta el ocaso, le escoltará sujeta respetuosamente entre los dedos de la mano, erigiéndose en fiel y exclusiva compañera, únicamente abandonada en la cabecera de la cama…” (*)

(*) La boina de los vascos: “Txapela buruan eta ibili munduan”, Historias de los vascos (blogs.deia.com)

 

 

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Zeus llevó a su hijo mortal Hércules al lado de su esposa Hera mientras dormía pues quería que su hijo tuviera poderes divinos al beber leche de la diosa ya que el niño era de otra mujer. Hera al despertarse lanzó a Hércules lejos de ella. Su leche salió volando por el universo y creó la Vía Láctea, y unas cuantas gotas cayeron a la Tierra, haciendo brotar hermosas calas blancas. En la mitología romana, Venus, la diosa del amor y la lujuria, vio tanta belleza en estas flores que en un ataque de celos hizo crecer un pistilo grande en el centro.

El nacimiento de la Vía Láctea

Las calas datan de la época griega y romana, en las que se asociaban con las fiestas y el disfrute, por la semejanza de su forma con una copa para beber. Crecen en forma de tulipán acampanado, en su interior destaca una espiga de color amarillo y sus hojas de color verde intenso simulan el cuero. Estas flores son de origen muy humilde y antiguamente se consideraban como maleza pero poco a poco, su elegancia y porte majestuoso las llevaron a ser protagonistas de grandes escenarios como los famosos murales del pintor mexicano Diego Rivera.

El lirio de agua es la única flor que florece y fructifica al mismo tiempo. En las culturas orientales, esta característica única simboliza la universalidad. Esta elegante planta en forma de embudo presenta flores masculinas y femeninas dispuestas a lo largo de sus cuerpos, facilitando la fecundación a través del viento, que en el País Vasco sopla en abundancia. Asimismo las calas prefieren la sombra o la semisombra de terrenos húmedos y fértiles como los que rodean los caseríos vascos.

Llamadas también lirios de agua y flor de pato son también símbolo de nobleza y finura (En inglés reciben el nombre de trumpet lily por su forma similar a una trompeta). A pesar de su origen sudafricano se han extendido por todos los continentes y vegetan a expensas de su tallo subterráneo que rebrota cada año.  Su aspecto es delicado pero son fuertes. Las calas son unas de las flores favoritas de minimil, y pueden verse habitualmente en sus tiendas.

Lo que hace que su flor sean tan especial es un pétalo que emerge serenamente desde el tallo y que envuelve el órgano de la flor en forma de espiral. Aunque las que más nos gustan son las blancas, existen muchas más variedades en colores como el rojo, amarillo, rosa, morado, naranja, verde, negro o incluso bicolor.
Para gustos, las flores.

 

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El verde es el manto de Euskadi.
El verde son los frontones, la pelota vasca.
El verde son las lechugas, los puerros, #piparrak.
El verde es el Ezkurra y el Urumea que riegan la tierra.
El verde es ideología, pensamiento y acción sostenible.
El verde es la justicia natural.
El verde es el pacto entre un azul que huye de la muerte,
y un amarillo que se envenena, una pizca lo cambia todo.
El verde es la vida, el cambio.
El verde es la sidra y el txacolí.
El verde son las pashminas, los jerseys de punto, los cuerpos de seda.
El verde es el insecto camuflado.
El verde es la esperanza paciente que persiste.
El verde es natural, su opuesto es artificial.
El verde combinado con marrón es amargo, con amarillo es agrio y con azul fresco.
El verde es dinero y también papel mojado.
El verde son 100 verdes distintos.
El verde es el paisaje, el hogar, el caserío vasco.
El verde es también minimil.

 

 

 

 

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“Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia,
como si ésta fuera ya ceniza en la memoria. ”
Jorge Luis Borges. 

En nariz intensos aromas a cítricos, hierbas y flores; en boca fresco, ligeramente ácido y fácil de beber. Tiene que servirse fresco… Sí, txacoli.

Proviene de los caseríos vascos del siglo XVI. Brillante y cristalino suele sorprender con tonos que van del amarillo pálido al amarillo pajizo, y a veces con interesantes tonalidades verdosas. Antes se escanciaba como la sidra porque no se filtraba pero ha pasado de ser un vino básico a ser muy refinado. El joven txacoli marida a la perfección tanto con mariscos, pescados y quesos de oveja latxa Idiazabal como con miel, pan casero, chorizo y morcilla, todos artesanales y con denominación de origen de la tierra que les da el clima adecuado.

Según un anécdota etimológica de un viejo txakolinero, cuando al vinicultor le preguntaban “¿Cuánta cantidad de vino habéis hecho?”, solía ser costumbre responder: “Etxeko ain”, es decir lo justo para casa. De “etxeko ain” se pasó a “etxekolain” y acabó llamándose “txakolin”. (Se non è vero, è ben trovato)

 

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¿Por qué sucumbir a la tiranía del bolso? A menudo dejamos de lado el resto del look y otorgamos toda la importancia a un bolso de marca. Y no es que tener un bolso bueno no esté bien: piel noble, buen diseño, confortable…. Pero no todo es el bolso, al menos no lo suficiente. Incluso desprendernos puede sumar personalidad al conjunto y no restar, al contrario de lo que opinan muchas mujeres.


Un buen número de marcas, entre ellas minimil, apuestan por incorporar y darle su categoría a la bolsa básica. Los tejidos van desde el algodón, lino, seda, piel e impermeable.
En los años 70 y 80 las bolsas de tela estaban de moda y hoy continúan porque es una prolongación de una forma de vestir natural y liviana, ausente de estereotipos femeninos marcados por la tiranía de la moda en la mujer.

minimil escoge los tonos terrosos, el azul marino y también el negro fieles a su marca, con tejidos básicos utilizados en sus colecciones, y con un diseño minimalista muy acorde con su personalidad: puntos, líneas y formas gráficas que sugieren sin marcar con rotundidad, pues se trata de un accesorio que debe acompañar y poner en valor una estética femenina libre.


Bolsas que no pesen, que fluyan y que dibujen siluetas allá donde vayan. Se trata de la proporción, la forma, la línea, el material, el equilibrio, todo ello las hace agradables y a nosotras nos hacen sentir bien.

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En las fiestas vascas de hace cien años, la vestimenta, al igual que otras manifestaciones culturales, ocupaba un lugar destacado. La indumentaria campesina de baserritarra (las distintas caseras vascas: artzai andre, amona o neska) se convirtió en modelo de vestuario tradicional, simbolizando otros muchos valores que estaban a punto de perderse. Entre las características generales de este traje están las enaguas y falda roja por debajo y una falda de tela encima negra o azul marina de algodón de topos blancos.

Estas motas tan emblemáticos son una constante inspiración en minimil para reversionar cada temporada alguna prenda de la colección con la nostalgia histórica y la elegante feminidad que este patrón confiere.


Las motas o topos (Polka dot en inglés) son círculos repetidos de tamaños y colores distintos, pintados, tejidos o bordados sobre una tela que forman un patrón. Motas grandes o pequeñas, blancas sobre negro o azul marinas sobre blanco. Las posibilidades son infinitas y el resultado es un must de la marca, como las rayas o el color negro.

Basándose en este motivo y confiriéndole el valor simbólico de la cultura vasca, minimil también ha diseñado una serie de productos para el Guggenheim de Bilbao.

Los topos no son propiedad única del País Vasco pues el mundo entero se enamoró de ellos cuando Miss América apareció fotografiada en 1926 con un bikini lleno de motas y un año antes, Disney presentó a la célebre Minnie Mouse vistiendo un traje de topos rojo y blanco con un lazo a juego. Durante los años 30 los tejidos a topos se fabricaron para todos sus usos y en 1940 Frank Sinatra introdujo la “polka dot manía” cantando su balada: “Polka Dots and Moonbeams”.

A finales de esa década, Christian Dior lanzaba su colección “New Look” con vestidos de motas y el famoso modisto comentó a Vogue que su colección “pretendía hacer a las mujeres parpadear extravagantes y románticas con ellos”. Recientemente los topos se han vuelto tendencia también para el género masculino y celebridades como Joseph Gordon-Levitt y Mickey Avalon son asiduos. Rei Kawakuo también utiliza los topos para su colección de Comme des Garçons en todas sus prendas y complementos; Marc Jacobs tiene incluso una colección “Dotty” y un Dot perfume.
La artista Yayoi Kusama los llevó a sus obras de arte y Damien Hirst es famoso por sus pinturas de topos vertiginosos, aunque los puntillistas como Seurat y Signac fueron pioneros de los puntos en las pinturas.En 1962 Marvel Comics incluso creó a su héroe Polka-Dot Man que combatía a los villanos con topos y Bob Dylan apareció un año más tarde en la portada de su disco vistiendo una camisa de topos.

Actrices como Elizabeth Taylor, Lucille Ball y Marilyn Monroe los vistieron con todo el glamour. Meg Ryan vestía de topos en la película “Cuando Harry encontró a Sally” y las cantantes Amy Winheouse y Gwen Stefanie cantaban enfundadas de topos.

Hay una corte de “polka dot lovers “en todo el mundo, orgullosos de ello y en el caso de minimil el orgullo es doble pues forma parte de la tradición histórica del vestuario típico vasco.

¿Quién no tiene en su armario algo con motas?”

 

 

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