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Paisaje

Un día de diciembre de 2017, amanece en San Sebastián a las 8:32 h y se pone el sol a las 17:33 h. La primera pleamar es a las 0:56 h y la siguiente pleamar a las 13:18 h. La primera bajamar es a las 6:51 h y la siguiente bajamar a las 19:24 h.

Son cuatro las mareas que se dan a diario en la costa vasca siendo más altas o más bajas en función de las fases lunares.

Los Donostiarras en particular, ven como cada día, su paisaje, la Bahía de la Concha cambia 4 veces. La isla de Santa Clara se aleja y se acerca.

Las mareas en realidad son oscilaciones del nivel del mar provocadas por la atracción del Sol y de la Luna sobre los océanos. Los efectos de los dos astros se superponen y su fuerza genera las mareas, sobre todo la acción de la luna y su relación con las fases lunares. Otros fenómenos atmosféricos como la presión atmosférica, el viento y la lluvia también contribuyen en menor medida.

Dependiendo de la altura, la marea puede ser alta o pleamar: cuando el agua del mar alcanza su altura más alta dentro del ciclo de las mareas; y la marea baja o bajamar: cuando el agua del mar alcanza su altura más baja dentro del ciclo de las mareas. Normalmente se producen dos pleamares y dos bajamares por día lunar.

Según la fase de la luna existen dos tipos de marea: las mareas vivas y las mareas muertas. Las primeras se dan durante las fases de luna llena y luna nueva, con un comprobado aumento en la actividad de los peces, son días más propicios para la pesca. Las mareas muertas aparecen durante las fases de cuarto creciente y cuarto menguante, donde los efectos se restan y el movimiento en los fondos marinos suele ser menor, con lo que los pescadores ya saben que no volverán a casa con un gran botín.

En San Sebastián, el fenómeno de las mareas afecta directamente en la práctica del surf, determinando el mejor momento para la práctica de este deporte, cada vez más extendido en Euskadi.

Itsasgora

Marea Alta. Santa Clara, #Donostia.#Itsasgora

Publié par Minimil sur lundi 23 octobre 2017

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El burro es un animal que simboliza la esencia y las raíces del campo sin artificios.
Auténtico y genuino.


En euskera “asto”, el asno es un ente sagrado. Se cree que este animal es un ser bendito porque su espalda es en figura de cruz y porque fue portador de Jesús y de la Virgen. En el País Vasco el asno de las Encartaciones es una raza autóctona en peligro de extinción que se corresponde con la comarca más occidental de donde recibe su nombre, Encartaciones, de la provincia de Vizcaya.
Se sabe que a principios de 2005 sólo quedaban unos 100 ejemplares y que es la raza española de menor tamaño, pues no supera los 120 cm. Son proporcionados y su capa es de color castaño y negro con orejas menudas y cascos pequeños.

Para la colección otoño/invierno 20017 minimil ha querido rendirle un pequeño homenaje como imagen de campaña ya que forma parte de la autenticidad del paisaje y la historia vasca, de su esencia.

Hasta hace pocos lustros era habitual su uso como ayuda en las labores agrícolas en los caseríos de la cornisa cantábrica. La total mecanización de la mayoría de estas tareas ha abocado a su práctica extinción. Hoy se destinan para ayudar en pequeñas funciones agrícolas como transportar hierba y leña a los caseríos. Han tenido un papel fundamental en el pastoreo vasco y en las transterminancias de los cambios de rebaños de los pastos de verano a invierno y viceversa. Los asnos servían de “vehículo” al zagal del pastor para bajar la leche de las ovejas Latxas ordeñadas en los pastos de verano del Amboto hasta los caseríos junto con los perros de la raza Euskal Artzain.

 

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Podría ser “El caminante sobre el mar de nubes” (Der Wanderer über dem Nebelmeer) de Caspar David Friedrich. Una figura contemplativa que reflexiona sobre la fuerza de la naturaleza y la inmensidad. Nieblas matinales y picos se asoman en un paisaje misterioso propio del romanticismo y que bien podría ser el de la Sierra de Aitzgorri.

Una respuesta emocional, casi metafísica, al mundo natural que lo envuelve y lo hace sentir pequeño. El negro de su levita es el negro de la elegancia, de la individualidad y de la existencia. Los colores más claros del fondo ayudan a comprender la perspectiva tanto visual como de pensamiento.

Un cuadro del 1817-1818 que podría haberse pintado hoy, la sensación que produce sigue inalterable en el tiempo: la soledad y el silencio te atrapan.

 

 

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El cielo vasco está lleno de hodeiak (nubes) que dibujan sombras en los pastos verdes, se funden en el mar encabritado y visitan las ciudades. Tanto si se abren y dejan paso al sol como si descargan su xirimiri, las hodeiak son parte importante del paisaje diario.

Hodei también es el nombre del Dios de las tormentas, creador de relámpagos y truenos que antiguamente echaba a perder las cosechas y atemorizaba a los paisanos.

 Donostia es uno de los mejores escenarios para poder contemplar todo tipo de nubes altas, medias, estratos y cumulonimbos. La insistente presencia de todas ellas, su variedad y la belleza del paisaje con el que se fusionan, lo hace posible.

Muy malvado no será el Dios Hodei si nos regala imágenes como la hodei gorri (nube roja) iluminada por el sol, que tenemos hoy sobre nuestras cabezas.

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Sabes que acabas de entrar en el País Vasco porque el paisaje de repente se transforma. Una manta frondosa y verde lo cubre todo excepto las siluetas de sus genuinos animales. 


Con un vellón de pelo largo que casi le toca el suelo, la oveja latxa (que significa “áspero” en euskera) exhibe su áspera lana. Se ha adaptado perfectamente al clima y pace tranquila moteando el paisaje. Sabrás si es macho porque tiene unos cuernos retorcidos alrededor de las orejas.


A lo lejos un pottoka (pequeño caballo o poni) recorre los territorios montañosos resistente, rápido, fuerte y dócil.  Con razón esta raza ha habitado casi sin cambios desde el Paleolítico aunque hoy no hay muchos.


Como tampoco hay muchas betizu (vaca arisca), las últimas vacas salvajes de Europa, el animal mítico de los vascos convertido en zezen gorri y behi gorri como guardián de los tesoros de las grutas donde vive la diosa Mari.


Todos ellos pastan tranquilamente sin importarles las lluvias ni los terrenos escarpados, enamorados de la tierra fértil. Nacer, resistir, evolucionar y saborear cada bocado de la naturaleza es la esencia de la vida.

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La inspiración de una marca de moda viene por afinidades, recuerdos y admiración de lugares que han sido la propia casa; referencias y herencias familiares vividas de la propia cultura de origen: éste es el caso de minimil y los caseríos vascos.

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– Imagen cedida por Lola Horcajo –

El caserío es sinónimo de familia y de trabajo y uno de los símbolos del País Vasco. En Gipuzkoa hay unos 12.000 caseríos, unos ricos y otros pobres y el 90% tiene más de 100 años. El caserío es una vivienda unifamiliar, agropecuaria, multifuncional, compacta y exenta, y construida por las mismas personas.
Un caserío o Baserri (en vasco) puede alcanzar una altura de 15 metros. Suele disponer de una planta baja en la que se instalaban graneros, establos y demás dependencias agrícolas, y de una o más plantas elevadas que servían de vivienda. Tradicionalmente, el caserío estaba rodeado de los terrenos agrícolas que suplían prácticamente todas las necesidades de la familia, proveyendo de alimentos, ropas, etc., a sus moradores. Integrados en la propia construcción o en edificios anejos, se podían instalar talleres de manufactura para tejidos, labrado de piedra, herrerías,…

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– Imagen cedida por Lola Horcajo –

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– Imagen cedida por Lola Horcajo –

Pese a que la propiedad recaía sobre el varón, la administración del caserío solía correr a cargo de las mujeres de la familia en una especie de “matriarcado”. Las mujeres llevaban a cabo el planeamiento de las cosechas, el ganado, etc. , y en general administraban la propiedad. El estatus de la mujer en la cultura vasca es quizá el más alto de Europa. Por otro lado, al quedar el caserío adscrito a una familia determinada, tradicionalmente ésta recibía por apellido un topónimo asociado a su caserío. Hoy en día, los caseríos vascos son muy valorados por su gran atractivo histórico y paisajístico.

 

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La esencia de minimil recoge de los caseríos vascos las vivencias propias de la creadora de la marca, Contxu Uzkudun, la tradición del trabajo familiar en las generaciones de dicha familia, la constancia y la sobriedad de una cultura reflejada en unos tejidos utilizados en los trabajos del mismo caserío, una historia enmarcada en la fértil tierra vasca, en su paisaje frondoso y lluvioso, en los colores verdes y en el carácter de sus gentes.
Todos esos arraigos, matices, cultura, herencia que se han vivido y se sienten como propios y como riqueza del país, son los que se concretan en parte de las piezas que realizan en las colecciones de minimil y que dan forma al concepto y línea New Basque Style.

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– Caserío de Sasoeta –

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Beatríz y Ana Zuaznabar, y Contxu Uzkudun de minimil.

 

 

 

 

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El Mar del Norte se agita y las Azores envían un anticiclón. Una masa de aire choca con la costa y se convierte en lluvia fina que humedece los vientos. El peine de Chillida espera impaciente. Es la capa típica que cubre el País Vasco y que cala en el sentimiento de su gente. Es la naturaleza que imprime carácter y expresión. Amado y molesto xirimiri. Pasión y tenacidad. Símbolo.

Parte de nuestro paisaje, de nuestro sentimiento, de nuestra cultura. New Basque Style / minimil.

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Lluvia fina que humedece los vientos, Xirimiri.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hace 2 semanas que visitamos Pasajes de San Juan, uno de los cuatro municipios que conforman el distrito de Pasajes en Guipúzcoa, y tan solo a 10 km de Donostia con acceso mediante barca.

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El paseo por el pequeño pueblo fue relajado e iniciamos un un tramo del camino hacia el monte Jaizkibel. El buen tiempo nos acompañó y pudimos disfrutar de unas vistas privilegiadas: la entrada de un buque por la ría de Pasajes, la costa delantera de Pasajes de San Pedro, unas cabras escapadas en el camino, la plaza mayor, y todo regado del olor a mar intenso.

Un regalo de paseo.

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Para l@s que no conozcáis el lugar, recomendamos su tranquila visita y os dejamos estas imágenes para que os despierten las ganas.

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Hace aproximadamente un mes que Contxu Uzkudun nos recomendó una excursión y le hicimos caso. Visitamos la ermita de Santa María (La Antigua),  en Zumárraga. 
A esta iglesia se la considera la ermita de las catedrales vascas y es un ejemplar muy valioso de arquitectura popular, por lo que la visita era obligada y deseada. Y además, está en un enclave fabuloso y atractivo; el interior de Euskadi, al lado del monte Beloki, rodeada por un bosque de olmos, etc.

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Para describir en pocas palabras la ermita, diríamos que, tiene un exterior austero, de estilo románico en transición al gótico y  un interior con un aspecto más de arquitectura rural  que gótico religioso. Asombra la extraordinaria cubierta en artesonado de madera de roble, con un complejo entramado de vigas, tirantes, antepechos y tornapuntas.

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La intención de esta publicación es destacar el asombro que nos causó la ermita y relatar fotográficamente uno de los Tres Templos de Tierra Ignaciana.
Lo dicho, una visita muy recomendable y que seguro repetiremos.

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Cada mañana la isla de Santa Clara nos espera inmóvil frente a la ventana.
Fiel, fuerte, arraigada, le damos los buenos días. Llueva, luzca el sol, haya niebla, viento, la isla es nuestro referente. Santa Clara nos calma frente a la prisa, nos protege frente a las tempestades y nos guarda frente a las dudas. El solo hecho de tenerla y mirarla presagia una buena jornada.
¡Egun on!

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Fotografía: Beatriz Zuaznabar
Texto: Jasmín Rovira

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